
lunes, junio 14, 2010
domingo, mayo 23, 2010
vientos huracanados para Javier Acosta
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles
Javier Acosta y su Libro del abandono
Con Antonio Cisneros y Tomás Segovia tuve el honor y el gusto de integrar el jurado del Premio de Poesía Aguascalientes que este año eligió El libro del abandono amparado con el seudónimo Eida Nnod (es decir, Don Nadie).
Dijimos en el acta que la obra de Eida Nnod es un libro inundado por un cierto misticismo curiosamente escéptico; dijimos también que en sus páginas hay una gran sinceridad, sin que esto (es decir la sinceridad) tenga que ser por fuerza una virtud literaria, pero que en este caso lo era porque mostraba coherencia entre el discurso y el propósito.
Luego supimos que el místico escéptico se llama Javier Acosta, a quien ninguno de los tres jurados habíamos leído. Mejor para él y mejor para nosotros: descubríamos, para nuestra experiencia personal, a un poeta magnífico, y el poeta, creo yo, podía sentirse contento de haber sido leído verdaderamente por tres lectores también anónimos. Esta es la maravilla del anonimato que un día celebró el gran Antonio Machado: leer al poeta y no al autor; leer en los libros y no en el prestigio o en el prejuicio.
Ya publicado El libro del abandono (Era/ INBA/ Instituto Cultural de Aguascalientes, 2010), lo releo ahora, por cuarta ocasión: es un libro digno de releerse. De la primera sección (La escalera de Jacob) cito “La lucha con el ángel”: “Tomé un ángel con tus manos,/ lo sujeté por el cuello,/ lo sujeté por los cabellos,/ lo sujeté por las alas,/ lo sujeté por las orejas,/ lo sujeté por la voz,/ no lo solté hasta que te bendijo./ Lo solté hasta ese día/ en que leerás estas palabras.”
John Cage y Leonard Cohen acompañan la música y el sentido de este libro. No son sólo epígrafes, sino también lecturas, motivaciones y empatías. En uno de los “Salmos del inventor de salmos” la Sulamita habla con dolor e ironía o con la ironía que da el dolor: “Cuando aún me amabas/ lloraba a diario/ pensando en estos días// abandonada a mi suerte/ debo volver a la desdicha/ de no estar a tu servicio// me ordenaste no pensar en ti/ buscar otros amantes/ ahora soy doblemente infeliz/ pues te desobedezco.”
En “Lo inescrito” sabemos que: “Nunca es lo que se pide. Es lo que se da. La súplica más perfecta, la más amorosa, la más desinteresada: la más indiferente. La entrega que suplica nada recibir. La misericordia. El abandono.”
Javier Acosta nació en Zacatecas en 1967 y tiene formación filosófica; ha publicado cinco títulos de poesía y otro de reflexión, y en 2006 obtuvo otro importante reconocimiento: el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde que concede la Universidad Autónoma de Zacatecas. Es un poeta que sabe lo que quiere y que, además, lo sabe decir. Leerlo, para mí en lo personal, fue un descubrimiento. Y conste que no todos los días se descubren poetas.
Me queda claro que el Libro del abandono no es un libro que él haya escrito para ganar un concurso, sino para no perder la vida, como se deben escribir todos los libros de poesía, para que luego el azar y la necesidad hagan su parte y a lo mejor hasta logren el premio en un concurso.
Al leer algo de lo que los periodistas nos obligan a decir a los poetas, cuando, como afirmó William Carlos Williams, tratan de sacar noticias de un poema (lo cual es dificilísimo), siempre me queda la sensación de que por más que tratemos de explicar la poesía, ésta sólo se cumple, de manera efectiva, en la vida misma.
Por ello me dio alegría leer algunas de las palabras de Javier Acosta en los periódicos: dijo que huyó de lo artificial, que dejó fluir su pensamiento y su emoción, que se despojó de prejuicios, y que hasta dejó de sentirse únicamente poeta para escribir realmente poesía. La poesía es comunión y revelación, pero hay poetas que se sienten poetas hasta cuando no son poetas.
Acosta explicó a los periodistas: “Cuando estoy con mi hijo he querido hablar con él con la mayor honestidad posible, y de alguna manera eso lo trasladé a mi obra.” Añadió que la poesía nos hace poner los pies en la tierra y nos libera de las falsas urgencias del mundo para que retornemos “a la simple experiencia de habitar, de estar vivos, de existir”.
Cada vez es más cierto que “la poesía sucede”, aun contra el poeta mismo. (“Hay poesía tan pronto como nos damos cuenta que nada poseemos”, diría Cage.) Javier Acosta lo sabe, y lo expresa muy bien: “Cada cosa en el mundo sabe su canción,/ sólo mi voz busca la suya”.
Juan Domingo Argüelles
Javier Acosta y su Libro del abandono
Con Antonio Cisneros y Tomás Segovia tuve el honor y el gusto de integrar el jurado del Premio de Poesía Aguascalientes que este año eligió El libro del abandono amparado con el seudónimo Eida Nnod (es decir, Don Nadie).
Dijimos en el acta que la obra de Eida Nnod es un libro inundado por un cierto misticismo curiosamente escéptico; dijimos también que en sus páginas hay una gran sinceridad, sin que esto (es decir la sinceridad) tenga que ser por fuerza una virtud literaria, pero que en este caso lo era porque mostraba coherencia entre el discurso y el propósito.
Luego supimos que el místico escéptico se llama Javier Acosta, a quien ninguno de los tres jurados habíamos leído. Mejor para él y mejor para nosotros: descubríamos, para nuestra experiencia personal, a un poeta magnífico, y el poeta, creo yo, podía sentirse contento de haber sido leído verdaderamente por tres lectores también anónimos. Esta es la maravilla del anonimato que un día celebró el gran Antonio Machado: leer al poeta y no al autor; leer en los libros y no en el prestigio o en el prejuicio.
Ya publicado El libro del abandono (Era/ INBA/ Instituto Cultural de Aguascalientes, 2010), lo releo ahora, por cuarta ocasión: es un libro digno de releerse. De la primera sección (La escalera de Jacob) cito “La lucha con el ángel”: “Tomé un ángel con tus manos,/ lo sujeté por el cuello,/ lo sujeté por los cabellos,/ lo sujeté por las alas,/ lo sujeté por las orejas,/ lo sujeté por la voz,/ no lo solté hasta que te bendijo./ Lo solté hasta ese día/ en que leerás estas palabras.”
John Cage y Leonard Cohen acompañan la música y el sentido de este libro. No son sólo epígrafes, sino también lecturas, motivaciones y empatías. En uno de los “Salmos del inventor de salmos” la Sulamita habla con dolor e ironía o con la ironía que da el dolor: “Cuando aún me amabas/ lloraba a diario/ pensando en estos días// abandonada a mi suerte/ debo volver a la desdicha/ de no estar a tu servicio// me ordenaste no pensar en ti/ buscar otros amantes/ ahora soy doblemente infeliz/ pues te desobedezco.”
En “Lo inescrito” sabemos que: “Nunca es lo que se pide. Es lo que se da. La súplica más perfecta, la más amorosa, la más desinteresada: la más indiferente. La entrega que suplica nada recibir. La misericordia. El abandono.”
Javier Acosta nació en Zacatecas en 1967 y tiene formación filosófica; ha publicado cinco títulos de poesía y otro de reflexión, y en 2006 obtuvo otro importante reconocimiento: el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde que concede la Universidad Autónoma de Zacatecas. Es un poeta que sabe lo que quiere y que, además, lo sabe decir. Leerlo, para mí en lo personal, fue un descubrimiento. Y conste que no todos los días se descubren poetas.
Me queda claro que el Libro del abandono no es un libro que él haya escrito para ganar un concurso, sino para no perder la vida, como se deben escribir todos los libros de poesía, para que luego el azar y la necesidad hagan su parte y a lo mejor hasta logren el premio en un concurso.
Al leer algo de lo que los periodistas nos obligan a decir a los poetas, cuando, como afirmó William Carlos Williams, tratan de sacar noticias de un poema (lo cual es dificilísimo), siempre me queda la sensación de que por más que tratemos de explicar la poesía, ésta sólo se cumple, de manera efectiva, en la vida misma.
Por ello me dio alegría leer algunas de las palabras de Javier Acosta en los periódicos: dijo que huyó de lo artificial, que dejó fluir su pensamiento y su emoción, que se despojó de prejuicios, y que hasta dejó de sentirse únicamente poeta para escribir realmente poesía. La poesía es comunión y revelación, pero hay poetas que se sienten poetas hasta cuando no son poetas.
Acosta explicó a los periodistas: “Cuando estoy con mi hijo he querido hablar con él con la mayor honestidad posible, y de alguna manera eso lo trasladé a mi obra.” Añadió que la poesía nos hace poner los pies en la tierra y nos libera de las falsas urgencias del mundo para que retornemos “a la simple experiencia de habitar, de estar vivos, de existir”.
Cada vez es más cierto que “la poesía sucede”, aun contra el poeta mismo. (“Hay poesía tan pronto como nos damos cuenta que nada poseemos”, diría Cage.) Javier Acosta lo sabe, y lo expresa muy bien: “Cada cosa en el mundo sabe su canción,/ sólo mi voz busca la suya”.
viernes, abril 23, 2010
de José Emilio Pacheco al recibir el Cervantes.
"Me gustaría que el premio Cervantes hubiera sido para Cervantes".

"Por aturdimiento, no por ingratitud, apenas en este día doy gracias al jurado por su generosidad al privilegiarme cuando apenas soy uno más entre los escritores de este idioma y hay tantas y tantos dignos con mucha mayor justificación que yo de estar ahora ante ustedes."
"Casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la era electrónica."
"Casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la era electrónica."

lunes, abril 05, 2010
lunes, octubre 05, 2009
Negligencia, estupidez, falta de sentido común... ¿de quién es la culpa?

"pendejo con pistola: o se mata solo o mata por error a otro"
Vean esta nota en la que una persona resultó herida por una bala "perdida" que había sido disparada por los policias municipales, con el brabucón y estupido objetivo de intimidar a un grupo de jovenes que bebían en una esquina de la colonia CTM:
http://www.imagenzac.com.mx/seguridad/una-bala-perdida-hiere-a-joven
miércoles, septiembre 30, 2009
mensaje urgente desde Honduras
Oscar Saavedra Villarroel El 30 de septiembre a las 0:17 Responder
DESDE HONDURASFwd: Urgente compañeras
DESDE HONDURASFwd: Urgente compañeras
Andrea: Nos acaban de avisar que van a realizar un corte de energía por 48 horas a partir de las siete de la noche en el territorio nacional, así que no podremos salir a comprar comida, ni nada, van a sitiarnos. Desde San Pedro Sula reportan que los militares se han metido a las casas a sacar a la gente que venía de la manifestación, mi hermana que es dirigente magisterial está golpeada, pero pudo llegar a su casa. El ejército está en los barrios y en las colonias entrando a las casas, así que estamos esperando y listas. En San Pedro Sula están deteniendo a la gente y encerrandola en el Estadio Olímpico, aquí en Tegucigalpa en el Estadio Chochi Sosa (al más puro estilo Pinochet). El ejército está entrando en los hospitales, sacando la gente. Necesitamos estar conectadas, por favor difundan esta noticia, difundan que estamos en peligro de ser detenidas, lo de la entrada de los militares a los hospitales, la detención de la gente y de las mujeres. Si no pueden comunicarse por esta vía porque no sabemos que viene, traten de comunicarse a los celulares.
Un abrazo, desde el amor, el temor y la resistencia.
Jessica
martes, agosto 18, 2009
"no consigo andar por el mundo tirando cosas "...Un texto de Eduardo Galeano
ESTE ARTÌCULO DEBERÌA MAS BIEN SER DIRIGIDO A LOS MENORES DE CUARENTA PARA QUE COMPRENDAN LA MANÌA DE GUARDAR PARA CUANDO SE OFREZCA AUNQUE CON ELLO OBSTRUYAMOS LA ENTRADA DE LA PROSPERIDAD
Eduardo Galeano, Periodista y escritor Uruguayo (Para mayores de 40)
Eduardo Galeano, Periodista y escritor Uruguayo (Para mayores de 40)

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. ¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! ¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida! ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces. ¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... 60 años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y tire que ya se viene el modelo nuevo'. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! ¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado. Hasta aquí Eduardo Galeano.
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